domingo, 13 de julio de 2014

Quiero volver a levantarme a las 4 de la mañana tomar mi bici y salir a donde fuera

martes, 8 de julio de 2014

Las mujeres de hoy


No se que ha pasado con la gente en estos años. Más bien: cómo llegamos a esto. Todo es culpa de esos hippies de mierda con su amor libre y exhibicionista. Si mi memoria no me falla, antes de eso las mujeres eran recatadas, no se entrometían en los asuntos que no le corresponden al género femenino. Claro, se les cedieron algunos derechos civiles, pero el hecho que su conducta afecte a la moral colectiva es un descalabro de magnitudes inimaginables para un hombre decente. Hoy en día con esa vestimenta liberal no dejan cabida a la imaginación de hombres que buscan desposar a sus prometidas y porque no a los que sus esposas las labores hogareñas borraron todo atractivo de antaño. Pantalones ceñidos, poleras ajustadas que dejan ver sus ombligos o sus hombros, a veces llego a aprobar tradiciones occidentales como las musulmanas. Veo la culpa tanto en esos diseñadores homosexuales como en esas familias que aprueban que sus hijas se exhiban en las calles, cual pedazo de carne. Nosotros no necesitamos y tampoco debemos tolerar ser espectadores de desnudos en nuestras calles para eso podemos pagar por un tiempo y deleitar nuestros más bajos instintos en privado. No he dejado de maldecir a esta generación durante todo el día. Quizás le pida la cena a mi mujer y salga a liberar estas tensiones y malos pensamientos con mis socios donde las niñas. Ellas nos entienden, al menos es lo que dicen o nos hacen entender. Tal vez deba contratar a una sirvienta más joven.

lunes, 7 de julio de 2014

noche de lecturas


"... era tarde y Matias aún caminaba por la calle, la misma ciudad, el mismo recorrido, los mismos lugares de siempre. Sin percatarse y sin saber tampoco qué hora era, dio a parar a un viejo escaparate, le pareció familiar, bastante familiar. Le tomó un minuto darse cuenta que le pertenecía. A pesar de estar cerrado por orden municipal por el no pago de las contribuciones del propietario, recordó que en su manojo de llaves que cuelgan de un llavero plástico percudido por los años y el roce con el pantalón, ese donde están las llaves de casa, del trabajo y del buzón de correos, también estaba la del estudio, este otro estudio. Sin pensarlo tomó la llave, la insertó en la cerradura y sin darse cuenta ya estaba dentro. No habían cambiado la chapa de acceso. No le asombró en absoluto. Recorrió un poco en la penumbra, ya que no quería levantar sospechas de que alguien había entrado. Pese a que la vecindad siempre hablaba demás y que a Matias no le importaba, trató de ser lo más precavido posible, como siempre, dejando la menor cantidad de evidencias, hasta donde él podía verlas. Disfrutó leyendo a la luz de la Luna creciente unos textos que había escrito en aquel entonces, cuando frecuentaba el estudio, cuando se asombraba por el cantar de los arboles bajo la tibia brisa de verano, cuando no podía pedir más al sentir el gélido soplido que le cortaba la cara en las tardes soleadas de invierno, de ver las calles y sus copas doradas al atardecer en otoño y los pétalos rosa danzando en primavera. Esos fueron algunos recuerdos que rondaron su mente mientras leía.

Curioseando entre repisas y cajones, buscando nada en especial, su atención se posó en un libro pequeño, tan pequeño que una cajetilla de fósforos le vendría bien como cofre. En fin, nada llamativo más que por su tamaño. Estaba a un costado del mesón de recepción, bajo el organizador de carpetas sobre el cual descansaba una gruesa capa de polvo, como lo hacía sobre todo el lugar. Tenía la inscripción de un par de contactos y sus respectivas direcciones. "No quedan muy lejos" pensó Matias que, se daba cuenta que ya no tenía nada más que hacer ahí por el momento. Salió por la puerta de acceso, la misma por la que entró tan cuidadosa e inconscientemente, ahora sin mayor preocupación de que estuviese siendo observado. No se percató que ya era hora en que la gente se dirige a sus trabajos, aunque el sol no salía, la Luna ya se había ocultado hace mucho. Caminó hasta el pasaje de los artistas, a donde casualmente pertenecían dos de las direcciones, ambas librerías. Le pareció extraño que una de ellas no la hubiese notado antes, en sus innumerables paseos. Quizás sus pensamientos estaban distantes de la realidad. Sólo observó desde fuera, algunos adornos de mesas, colgantes y campanillas. La otra dirección a sólo pasos de la anterior no le pareció extraña, de hecho la recordaba. Una puerta mora pastel que estaba directamente al frente del taller donde hacen clases de escritura en pluma, a la diestra de la escalera que ascendía y nunca se atrevió a subir, no fueron pocas las veces que pasó frente a él. Se acercó lo suficiente para darse cuenta que la puerta estaba abierta ¿a esa hora de la madrugada? Tal vez olvidaron cerrar, sin embargo las luces no estaban apagadas. El salón era balnco, cómodo, sin mayores adornos. Bastante sobrio. Una mesa de centro de baja altura rodeada de sillones de exóticas formas y colores uniformes llenaban el lugar. A un costado de la puerta de acceso, una antigua mesa de arrimo de fina caoba contrastaba con el espacio. Descansaba sobre ella un libro. Un libro que a todas luces era una especie de diario personal, sin nombre. Diario porque cada relato llevaba una fecha a la cabeza. Como de costumbre repasó el libro inconscientemente desde el final hasta el comienzo, tal como se leen esas tiras cómicas orientales. Poseía diversos estilos narrativos. No quiso leer en detalle por respeto a quien le perteneciera, en vez de eso se dispuso a pasar página por página, leyendo lineas al azar sólo por curiosidad. Todas las hojas tenían esbozos de algo por ambas caras, ideas, incluso dibujos... salvo una. Una sola hoja en blanco fue lo que llamó la atención de Matias esta vez. Intuyó que aun así contenía un mensaje. Durante un segundo, o menos, pasaron frente a sus ojos incontables maneras de descubrirlo, cada una de ellas con una ejecución tal, que no dañaran el diario en lo más mínimo. Intentó una sola vez. Ahí estaba ante sus ojos. Torpe como él solo, casi dejó caer por un momento el diario por el impacto. Permaneció un momento más, no supo cuanto, inmerso en sus pensamientos, intentando interpretar aquel mensaje. Nunca lo supo pero se sonrojó. Toda esa noche Matias no tuvo conciencia del movimiento de las arenas del tiempo. Cuidadosamente dejó el libro sobre la mesa, en la misma posición que recordaba y silenciosamente cerró la puerta tras de sí. Su paranoia lo obligó a saludar vergonzosamente pero a la vez de forma cortés a la desconocida mujer que en ese preciso minuto pasaba frente a la puerta mora pastel y que subió por la escalera. Con apuro giró a la izquierda, a la derecha, 7 pasos, y nuevamente a la derecha. Ya estaba en la calle. No fue capaz de olvidar el mensaje, aun camino a casa y tampoco después... "



Hola, noch einmal

Tengo los pies helados. Nunca he tenido esa capacidad de poder percibir el frío mediante mis pies, sufrir y buscar calor. Ahora siento algo así, debe ser porque estuve todo el día con esas "pantuflas" de goma que están tan de moda, que me regalaron para navidad y no abrigan nada, que por cierto no usé nunca (hasta ahora). Además llevo horas en posición de loto frente al notebook. La circulación en mis piernas se redujo.

No se porque me acordé de este blog - que tenía botado hace meses- que dejé de usar cuando estaba fuera, no se que fue. No pudo haber sido el haberme quedado sin computador porque eso fue en mayo. La ultima entrada es de enero, esa, la mística, de la que sólo unos pocos conocen la historia real. Debe ser porque está ahí, en la barra de marcadores. Todo lo que uso está ahí, igual que mi escritorio, el físico. Respecto a lo segundo, debe haber sido el invierno, ese que no me motivó a nada, que me obligó a encerrarme en mi madriguera, cómoda y reconfortante hasta la aparición del sol.

Volví. Ya va a ser un año. Podría explayarme quinientas hojas sobre lo que ha pasado. Incluso si considerara ese período en que este blog estuvo en coma hasta agosto del 2013, serían unas 3 veces más. Debí haber seguido escribiendo.

Esta entrada no tiene mucho sentido, o sea, no tiene un sólo punto de interés. Sólo quiero escribir. Esta vez solo escribir. Hace meses que ando medio divergente, cosa que odio y reprocho, porque implica evasión. No me gusta evadir... quizás divergente no es la palabra. Tangente. Eso, tangente, como una historia paralela, como la que contaba el protagonista de El gran pez a su nuera. Inconscientemente (hasta ahora) he tomado esa actitud, siempre que cuento cosas tomo otras historias y sigo engordándolas hasta que de pronto vuelvo a la inicial.

Me han pasado cosas, buenas y malas, de todas he aprendido. Quisiera tener más cosas que hacer, pero estoy cerrando un ciclo. Me dicen que es importante, que todo valdrá la pena. Es mi estudio, en estos precisos momentos estoy esperando la ultima (espero) edición de mi compañero de tesis antes de entregarla a la comisión, previa impresión anillada en triplicado, que debe estar lista antes del viernes. Estamos contra el tiempo. Quisiera tener más cosas que hacer, porque he estado medio monótono. Tesis, banda, amigos y sería. No me he dado tiempo para mí hace meses. El último fue en marzo. Ahora, cuando este ciclo termine, podré pensar con más tranquilidad, a pesar de que estoy amasando el futuro en el corto plazo. Tengo planes a medio armar. Muchos me preguntan si tengo planes después de que termine. ¿en serio se refieren a planes, o quieren decir metas? Cuando me preguntan y les respondo, ponen las mismas caras como cuando me preguntan que cómo estoy. Respondo lo que siento en ese segundo, siempre claro, honesto, no sirvo para mentir. La gente está malacostumbrada a partir con un "estoy bien" y al rato termina por contradecirse. Ese puto afán de dar buenas impresiones siempre me ha empelotado. En parte es como lo plantea una amiga, a la que no le gusta que le hagan esa pregunta, pero ese es otro tema. Otro.

Me preparé un café y un pan. No dejé que el hervidor terminara de trabajar porque no quería el agua caliente, si no tendría que haber esperado a que se enfriara. No está mal para lo dulce que me quedó y lo malo del sabor de esta marca, que por cierto dudo que sea la que pienso, a veces rellenan el frasco con otro café. Alguna vez en el viejo continente tomé un café delicioso, de grano. El solo hecho de endulzarlo lo mataba. Ese era un buen café.

Probablemente siga dándome vueltas por acá. El escribir es un ejercicio que tenía tirado y el proyecto de título me dio esa oportunidad, y de leer también, no como quisiera, ya que no fue divertido, no fue placentero, no lo disfruté. Es distinto al leer escogiendo, al escribir desde dentro, del alma. Esto fue un medio para cumplir un objetivo y queda en eso, aprendí, pero fue un prodcto para un ente indolente.

Releo un poco arriba y noto lineas grises - en su mayoría - que quiero que disminuyan. Disminuirán. Sólo depende de mí. Lo haré.