"... era tarde y Matias aún caminaba por la calle, la misma ciudad, el mismo recorrido, los mismos lugares de siempre. Sin percatarse y sin saber tampoco qué hora era, dio a parar a un viejo escaparate, le pareció familiar, bastante familiar. Le tomó un minuto darse cuenta que le pertenecía. A pesar de estar cerrado por orden municipal por el no pago de las contribuciones del propietario, recordó que en su manojo de llaves que cuelgan de un llavero plástico percudido por los años y el roce con el pantalón, ese donde están las llaves de casa, del trabajo y del buzón de correos, también estaba la del estudio, este otro estudio. Sin pensarlo tomó la llave, la insertó en la cerradura y sin darse cuenta ya estaba dentro. No habían cambiado la chapa de acceso. No le asombró en absoluto. Recorrió un poco en la penumbra, ya que no quería levantar sospechas de que alguien había entrado. Pese a que la vecindad siempre hablaba demás y que a Matias no le importaba, trató de ser lo más precavido posible, como siempre, dejando la menor cantidad de evidencias, hasta donde él podía verlas. Disfrutó leyendo a la luz de la Luna creciente unos textos que había escrito en aquel entonces, cuando frecuentaba el estudio, cuando se asombraba por el cantar de los arboles bajo la tibia brisa de verano, cuando no podía pedir más al sentir el gélido soplido que le cortaba la cara en las tardes soleadas de invierno, de ver las calles y sus copas doradas al atardecer en otoño y los pétalos rosa danzando en primavera. Esos fueron algunos recuerdos que rondaron su mente mientras leía.
Curioseando entre repisas y cajones, buscando nada en especial, su atención se posó en un libro pequeño, tan pequeño que una cajetilla de fósforos le vendría bien como cofre. En fin, nada llamativo más que por su tamaño. Estaba a un costado del mesón de recepción, bajo el organizador de carpetas sobre el cual descansaba una gruesa capa de polvo, como lo hacía sobre todo el lugar. Tenía la inscripción de un par de contactos y sus respectivas direcciones. "No quedan muy lejos" pensó Matias que, se daba cuenta que ya no tenía nada más que hacer ahí por el momento. Salió por la puerta de acceso, la misma por la que entró tan cuidadosa e inconscientemente, ahora sin mayor preocupación de que estuviese siendo observado. No se percató que ya era hora en que la gente se dirige a sus trabajos, aunque el sol no salía, la Luna ya se había ocultado hace mucho. Caminó hasta el pasaje de los artistas, a donde casualmente pertenecían dos de las direcciones, ambas librerías. Le pareció extraño que una de ellas no la hubiese notado antes, en sus innumerables paseos. Quizás sus pensamientos estaban distantes de la realidad. Sólo observó desde fuera, algunos adornos de mesas, colgantes y campanillas. La otra dirección a sólo pasos de la anterior no le pareció extraña, de hecho la recordaba. Una puerta mora pastel que estaba directamente al frente del taller donde hacen clases de escritura en pluma, a la diestra de la escalera que ascendía y nunca se atrevió a subir, no fueron pocas las veces que pasó frente a él. Se acercó lo suficiente para darse cuenta que la puerta estaba abierta ¿a esa hora de la madrugada? Tal vez olvidaron cerrar, sin embargo las luces no estaban apagadas. El salón era balnco, cómodo, sin mayores adornos. Bastante sobrio. Una mesa de centro de baja altura rodeada de sillones de exóticas formas y colores uniformes llenaban el lugar. A un costado de la puerta de acceso, una antigua mesa de arrimo de fina caoba contrastaba con el espacio. Descansaba sobre ella un libro. Un libro que a todas luces era una especie de diario personal, sin nombre. Diario porque cada relato llevaba una fecha a la cabeza. Como de costumbre repasó el libro inconscientemente desde el final hasta el comienzo, tal como se leen esas tiras cómicas orientales. Poseía diversos estilos narrativos. No quiso leer en detalle por respeto a quien le perteneciera, en vez de eso se dispuso a pasar página por página, leyendo lineas al azar sólo por curiosidad. Todas las hojas tenían esbozos de algo por ambas caras, ideas, incluso dibujos... salvo una. Una sola hoja en blanco fue lo que llamó la atención de Matias esta vez. Intuyó que aun así contenía un mensaje. Durante un segundo, o menos, pasaron frente a sus ojos incontables maneras de descubrirlo, cada una de ellas con una ejecución tal, que no dañaran el diario en lo más mínimo. Intentó una sola vez. Ahí estaba ante sus ojos. Torpe como él solo, casi dejó caer por un momento el diario por el impacto. Permaneció un momento más, no supo cuanto, inmerso en sus pensamientos, intentando interpretar aquel mensaje. Nunca lo supo pero se sonrojó. Toda esa noche Matias no tuvo conciencia del movimiento de las arenas del tiempo. Cuidadosamente dejó el libro sobre la mesa, en la misma posición que recordaba y silenciosamente cerró la puerta tras de sí. Su paranoia lo obligó a saludar vergonzosamente pero a la vez de forma cortés a la desconocida mujer que en ese preciso minuto pasaba frente a la puerta mora pastel y que subió por la escalera. Con apuro giró a la izquierda, a la derecha, 7 pasos, y nuevamente a la derecha. Ya estaba en la calle. No fue capaz de olvidar el mensaje, aun camino a casa y tampoco después... "

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