miércoles, 26 de noviembre de 2014

Otro

Iba viajando. Había revisado el mapa como suele hacerlo cuando va a un lugar desconocido, sin embargo manejaba dos o tres datos, los suficientes para poder llegar. De todas formas nada le era imposible. Cuando llegó se sentó a esperar sobre la solera y acarició con sus dedos largos al gato que rondaba el lugar. Era un animal sin igual, de pelaje ceniciento y de textura similar a la lana de un cordero, grueso y compacto. No tenía reparo en mostrar su placer al levantar su nariz rosa y entrecerrar sus ojos. Ya era mediodía. Mientras seguía jugueteando con el gato, los amigos llegaron a la puerta. No se conocían, por ende, pese a que notaron su presencia, no supieron quién era ni tampoco se detuvieron en pensar quién sería. Llamaron a la puerta y salió en un santiamén de la casa y los saludó amablemente. 

Me miró y cerró la puerta de calle. Al acercarse me paré y me despedí del gato. Caminé tras ellos, delante de ellos, siempre en torno al trío. Sentía que me observaban demasiado. No sabría decir con certeza las calles por las que pasamos, pero cuando me adelantaba más de media cuadra los esperaba y si me quedaba frente a una vitrina o algo que llamara mi atención, los alcanzaba en cosa de segundos. Siempre hago lo mismo.

Comenzaron a hacerle preguntas, para conocerle, ya que entendieron que también era parte del grupo, no hubo problemas en tratar de integrarle. Pero su inquieto carácter hizo que se perdiera en algún minuto.

No supe en que minuto los perdí de vista. ¿Cuál de los tres más despistados? Siempre que estoy a cargo de un grupo de personas, suelo no perderlos de vista, aunque implique que no disfrute tanto como si estuviese en soledad. Creo que caminé muy rápido. Debo reconocer que en varias ocasiones note que nuestras miradas se cruzaban, tu conversando con ellos, yo en la distancia, como buscando algo. El mensaje era claro.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Encuentro

Ese día las nubes eran gruesas y algodonosas. Quería poder abrazarlas. No era el típico cielo blanco uniforme que susurra al encierro hogareño. Era un cielo matizado de blanco y negros con leves tonos azulados y el aire tenía el aroma de la lluvia de la mañana sobre el pavimento y la brisa era cálida.

Estabas de pie junto a mi, frente a salida de mi casa, con tu largo abrigo y yo con mi impermeable sin capucha sobre mi vestido otoñal. No querías que entrara y yo tampoco, mis padres estaban dentro ya que estaban encendidas las luces que rodean las serpenteantes escaleras, y harían preguntas, pero ya se hacía tarde y debía entrar. Al parecer no pude contener mi expresión de tristeza, y pudiste notarlo. Mi rostro se reflejó en el tuyo, pero estabas tranquilo. Te alejabas caminando hacia atrás, sacudiendo lentamente una mano a media altura, de frente a mí para no perder nuestro contacto visual. Fue entonces cuando salió mi padre y me esperó junto a la mampara de acceso.

Había comenzado a llover y me preocupé pues no llevabas paraguas. Recordé cuanto te gusta caminar bajo la lluvia y me tranquilicé.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Cabaña

Estábamos en la cabaña a la que acostumbrábamos ir de vacaciones en verano. Era la número dos, ya que el sol tiene una caída característica pasado el mediodía. Era hora de almuerzo, o eso parecía, dado que estabas a la mesa con un plato de algo, no sabría decir a ciencia cierta que había preparado.
Yo venía recién llegando, pero no había recuerdos de dónde, sólo llegaba y me sentaba frente tuyo.
De pronto aparecía alguien que salía de la cocina, de la pieza grande o del baño. No sabría decirlo. Tu no le prestaste atención. Era tu madre. Sin embargo pude leer tu expresión y tus ojos cristalinos. Querías salir de ahí y quise ayudarte. No se quién de los dos se levantó de la mesa primero, pero cuando ella desapareció de nuestras vistas, desperté.