Iba viajando. Había revisado el mapa como suele hacerlo cuando va a un lugar desconocido, sin embargo manejaba dos o tres datos, los suficientes para poder llegar. De todas formas nada le era imposible. Cuando llegó se sentó a esperar sobre la solera y acarició con sus dedos largos al gato que rondaba el lugar. Era un animal sin igual, de pelaje ceniciento y de textura similar a la lana de un cordero, grueso y compacto. No tenía reparo en mostrar su placer al levantar su nariz rosa y entrecerrar sus ojos. Ya era mediodía. Mientras seguía jugueteando con el gato, los amigos llegaron a la puerta. No se conocían, por ende, pese a que notaron su presencia, no supieron quién era ni tampoco se detuvieron en pensar quién sería. Llamaron a la puerta y salió en un santiamén de la casa y los saludó amablemente.
Me miró y cerró la puerta de calle. Al acercarse me paré y me despedí del gato. Caminé tras ellos, delante de ellos, siempre en torno al trío. Sentía que me observaban demasiado. No sabría decir con certeza las calles por las que pasamos, pero cuando me adelantaba más de media cuadra los esperaba y si me quedaba frente a una vitrina o algo que llamara mi atención, los alcanzaba en cosa de segundos. Siempre hago lo mismo.
Comenzaron a hacerle preguntas, para conocerle, ya que entendieron que también era parte del grupo, no hubo problemas en tratar de integrarle. Pero su inquieto carácter hizo que se perdiera en algún minuto.
No supe en que minuto los perdí de vista. ¿Cuál de los tres más despistados? Siempre que estoy a cargo de un grupo de personas, suelo no perderlos de vista, aunque implique que no disfrute tanto como si estuviese en soledad. Creo que caminé muy rápido. Debo reconocer que en varias ocasiones note que nuestras miradas se cruzaban, tu conversando con ellos, yo en la distancia, como buscando algo. El mensaje era claro.
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