Estábamos los ocho en algún terreno del secano. La casa, de adobe y tejas de arcilla, con la fachada desgastada por los años y vestigios de una pintura a base de cal, estaba ubicada casi en la cresta del cerro. El cielo estaba anaranjado pese a haber pasado el medio día hace un par de horas, por lo que todo el lugar estaba iluminado en tonos cálidos, que sumado a la resequedad del lugar, provocaban en uno una especie de tensión interna. Algunos estaban tras la cerca cerro abajo, delante de lo que parecían ser eucaliptos, paseando y riendo. No era minuto para pasear.
El otro Maty y yo, quizás junto a Rodolfo o la Ale, estábamos a medio camino, buscando al resto y contra el tiempo. En un par de hora debíamos tomar el avión y peor, teníamos que hacer escala en Hong Kong. Sólo yo dimensionaba lo que eso significaba. Un tiempo mínimo de retraso implicaría perder la conexión y quedar varados en un país totalmente desconocido, sin dinero ni opciones de reembolso o cambio del ticket.
Cargábamos sólo algunos de nuestros equipajes para cuando logramos reunirnos. Ya en la casa tomamos el resto de los bolsos y maletas. Al voltearme, estaba solo, en esa casa oscura, cuyas ventanas abarrotadas incrustadas en los gruesos muros no dejaban entrar más luz que la que dibujaba su forma.
Sin meditar ni esperar inicié mi camino.
No se si los encontré.
No se si llegué a Hong Kong.
No se si llegué a mi destino.

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