martes, 2 de diciembre de 2014

Calma

La avenida principal de la isla coronaba la vista con el volcán de la isla vecina, así como el castillo de Moritzburg lo hace a lo largo de la Schlossalle. El pueblo era pequeño y con un estilo arquitectónico característico y no muy variado. Edificios de no más de 2 pisos y de colores blancos o beige, todo parecía muy limpio y pulcro. Sus habitantes eran principalmente gente mayor de cargos públicos en ejercicio y otros tantos desarrollaban labores técnicas, muchas el día de hoy perdidas. 

Estábamos de paso en aquel lugar con mi hermana y otras personas más. Salí a dar una vuelta con la Javi. El día era perfecto, estaba despejado pero con nubes por montón y no más de 22°, tal como me gustan en primavera, además de una pequeña brisa con la que ondeaban los vestidos largos y moteados de las distinguidas damas. Por todas las calles la gente se movilizaba a pie, en muy pocas nos encontramos con automoviles o bicicletas. La avenida principal era amplia y con mucho movimiento. Diversos restaurantes y locales pequeños muy bien decorados llamaban nuestra atención, más que mal con mi hermana tenemos gustos muy similares por las cosas sobrias y de buen diseño. La gente, al igual que nosotros, se sentía muy feliz, hasta que un hombre, que llevaba un blazer amarillo pastel, de aproximadamente 64 años de edad alarmó a la gente apuntando al volcán, que en ese preciso momento escupía con fuerza una columna de humo tan negra como la noche y llamas carmín. Daba la impresión que el volcán se expandía y estaba a menos de cien metros de lugar.

No se cómo pero perdí de vista a la Javi. La gente estaba aterrorizada y entrando en distintos grados de crisis de pánico, corriendo de un lugar a otro, yo, sin embargo, no veía afectado mi estado anímico en lo más mínimo, era sólo un volcán haciendo erupción y que tarde o temprano arremetería en contra de todos nosotros. Se respiraba caos. Era hermoso. La gente desesperada corría a refugiarse en sus casas o a los edificios públicos más cercanos. En mi calma, me dediqué a buscar a mi hermana, mientras la gente tras las ventanas abarrotadas me miraban extrañados. ¿Cómo era posible que existiera alguien en este mundo que se tomara esta situación con tanta calma y no vele por su seguridad? Estaba solo en las calles, era el rey de la ciudad, nadie estorbaba mi andar, ahí, frente al enfurecido volcán.

De pronto me vi rumbo al edificio de correos. Una elegante construcción Art déco de un piso de altura, blanco, y con un mirador en la esquina sur - la que daba al volcán -con una pequeña cúpula plana con un anillo azul imperial. Cuando entré, lo que parecía el administrador, me retó. Le era inconcebible que fuera una persona tan inconsciente. A mi no me asombró en lo más mínimo, no me decía nada nuevo. Miramos por la ventana como la columna de polvo y humos se precipitaba contra la ciudad. Una vez todo en calma pudimos salir y ver que en verdad no era más que polvo lo que había alcanzado al pueblo, cual leve tormenta de arena.

Volví a buscar a la Javi, en medio de ahora un par de sujetos que curioseaban los leves estragos. Pasé a un kiosco donde vendían revistas, helados y algunas golosinas justo al lado de un corredor colonial abierto con un frondoso parrón como cubierta. Me llamaron la atención las galletas 303 y un par de dulces nacionales ¿qué tenían que hacer ahí? Todo excesivamente caro, entre 400 a 800 shekel. Estaba ahí Roberto, un compañero del colegio con el que no tengo contacto ni cercanía. Me saludó con su clásica expresión despectiva, por mi parte lo hice con asombro. No tenía tiempo para formalidades (tampoco me interesaba entablar conversación), a si que me despedí en el acto.

Caminé por el corredor. No se si volví a casa, ni si acaso encontré a mi hermana.

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