jueves, 19 de febrero de 2015

Cielo de marzo

El lunes fui a la ciudad, o sea, me ha tocado ir varias veces en este ultimo tiempo por trabajo, pero fue especial el lunes después de la reunión que tuvimos en la plaza para trazas las actividades del trimestre, cuando me fui caminando por el centro a la casa de mi amiga.

Desde que comenzó el verano me molestó - como es usual en mi -, siempre he querido que llegue luego el invierno, porque detesto esta estación. Después de mi invierno cuasi perfecto de hace dos/tres años como que ya no me agrada el de acá, tan húmedo, tan difícil de capear, es que ahora anhelo la primavera y el otoño con más ansias que antes son las épocas perfectas, manchones de nubes en el cielo, brisas heladas, tibias, arboles de colores, el color de las flores, el sol a baja altura durante la tarde con ese brillo agónico que me recuerda a esa ciudad.

Y es que ese tono, ese sol ya con un descenso progresivo declarado hace un par de días y sumado a la refracción en el humo envolvía todo en una luz rosácea. Esa luz que vi en aquella ciudad en un par de fotos hace un par de semanas que me hicieron viajar años al pasado, me abrieron el cerebro y provocaron una sensación extraña, algo nueva en mi, porque no era nostalgia, esa la disfruto, esta era de angustia.

Mierda, una angustia que nunca había sentido, no quería que llegara el otoño, ese marzo agradablemente esquivo, la luz imperante me arrancaba desde dentro los recuerdos de esos débiles rayos de sol a las 5 de la tarde en la ventana que pasaba por los edificios a duras penas, el lento caminar a la casa después de clases, las idas al centro a comprar algún material y volver al ocaso. esa nueva vida que tanto me agradó.

Hoy fue un buen día, pese a que no trabajé mucho, pensé, medité, y con agradables detalles al final.
Mañana (más rato) será estresante.

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